INSURGENCIA

ENSAYO

El movimiento debe adelantarse.

300 años, ese fue el tiempo que tomó a la Nueva España convertirse en un nuevo estado, distinto a la “madre patria” de Europa y aún más lejano de los antiguos imperios indígenas. Paradójicamente, la Nueva España era el virreinato que más se parecía y se acercaba a la Corona española.

Reconocido como la joya de la Corona, el virreinato vivía una de sus mejores etapas. Abundancia económica nunca vista, esplendidos edificios y logros culturales despertaron en la comunidad criolla un sentimiento de orgullo y pertenencia por la tierra que ellos trabajaron y vieron florecer. El vocablo: México,ya se escuchaba constantemente e incluso aparecía en obras de notables escritores novohispanos, como Clavijero o Eguiara y Eguren.

Por otra parte, en el virreinato convivían un total cercano a los 6 millones de personas, de los que la mayor parte era mestiza e indígena, a su vez gobernados por una minoría de criollos y españoles, quienes gozaban de importantes beneficios.

Los criollos para ese momento ya eran un número mayor a los peninsulares, sin embargo; eran rechazados y excluidos, sobre todo al momento de ocupar puestos importantes en el poder público, por lo que comenzaron a exigir que se les tomara en cuenta dentro de los asuntos y decisiones de Nueva España.

Asimismo, existieron dos acontecimientos que aceleraron este proceso: la independencia de las colonias inglesas (Estados Unidos) y la invasión francesa en España. Ante el dominio francés en España, en el año de 1808 se trató de constituir una nueva junta de gobierno para tomar decisiones autónomas dentro del virreinato.

Cuando esta decisión se conoció, un puñado de españoles asaltaron el palacio de gobierno, instaurando de inmediato un régimen leal a España, sin embargo; el ideal de autonomía se extendió por la colonia…

De esta manera, bajo la influencia de ese contexto, varios grupos de criollos se reunían en San Miguel el Grande, Dolores y Querétaro, planeando un levantamiento para así lograr la independencia.

Miguel Hidalgo era un sacerdote criollo de clase media baja, de padre español y madre criolla; estudió en el Colegio de San Nicolás, en Valladolid (Morelia), ciudad que sirvió como estimulo geográfico y psicológico para Hidalgo, lo formó, y lo conformó, lo hizo madurar y forjar su carácter.

Hay que tener en cuenta, que ninguno de los caudillos mexicanos de independencia, desde Hidalgo hasta Guerrero, vivió una experiencia metropolitana, mucho menos la de viajar a Europa, experiencia que cambió la mentalidad de muchos personajes insurgentes de América del Sur, como San Martín o Bolívar.

Los caudillos mexicanos, por lo tanto, no tuvieron oportunidad de ingresar a puestos de relevancia en la corte real, ni siquiera para conocer cómo es que ésta funcionaba, de tal modo que se recluían en ambientes regionales o pueblerinos;de ahí la importancia que tuvo la formación que Miguel Hidalgo desarrolló en una importante ciudad como Valladolid; sus vivencias en ese lugar tendrían un valor insólito.

Hidalgo era ambicioso y complicado, diferente a las figuras sacerdotales de la época, lo que le hizo ser señalado y juzgado, incluso por el Santo Oficio (la inquisición), acusándolo de “blasfemo y hereje” en 1800, aunque sus buenas relaciones lo libraron en esa ocasión. Miguel Hidalgo era más bien un filósofo que un sacerdote o por lo menos así es descrito. Dedicado al estudio de obras desconocidas en su ambiente, amplió sus horizontes políticos y culturales.

Por lo tanto, la preparación académica que tuvo Hidalgo lo hizo sentir por encima del resto y para el momento en que cumplió 50 años, lo embargó una gran frustración; ver obstruida su carrera y vivir ignorado en un pequeño pueblo desató su ansiedad y desesperación.

Por otra parte, para finales de 1809, se denuncia una conspiración en Valladolid, ciudad estimada por Hidalgo, quien era conocido o amigo de los involucrados en el levantamiento, no obstante, se rehúsa a participar, advirtiendo la inmadurez del movimiento y sus escasas posibilidades de éxito, sin embargo; la mente de Miguel Hidalgo ya giraba en torno a la idea formar parte de un grupo de rebelión y así, derribar al régimen.

La oportunidad llegó en 1810 y se la ofreció un grupo de criollos que se organiza en la ciudad de Querétaro, bajo la protección del corregidor Miguel Domínguez y, sobre todo, de su esposa, doña Josefa Ortiz.

De esta manera, la conspiración de Querétaro era impulsada principalmente por un grupo de jóvenes oficiales del ejército: Ignacio Allende, Juan Aldama, Mariano Abasolo, Joaquín Arias, Francisco Lanzagorta, entre otros.

El general Ignacio Allende era el mayor de todos y era el alma misma de la conspiración; motivado principalmente por razones políticas, peleaba en contra de “los traidores y sus decisiones” en el gobierno virreinal. Argumentaba que España se encontraba perdida en manos de los franceses y cuestionaba: ¿Por qué los americanos, siendo mucho más en números no podían hacerse con el gobierno? ¿Debían ver cómo se perdía todo?

Ignacio Allende planeaba dirigir el levantamiento él mismo, ese era su deseo. Y así lo hubiese hecho, si el movimiento se hubiera orientado en torno a la clase media criolla, con la milicia en primer plano. Pero, como se demostró en los intentos de rebelión anteriores, no bastaba con esos ingredientes, para asegurar el éxito hacía falta un factor esencial, aquel que tanto temían los conspiradores mismos, al fin criollos y clasistas. Si lo que buscaban era sacudir el virreinato entero, el componente clave era: el pueblo y la participación de las masas.

Así, para poder beneficiarse del pueblo, detonante del movimiento, se necesitaba un guía, una persona con suficiente carisma, prestigio regional y personalidad, para que pudiese ser escuchado y seguido por las masas. Fue entonces cuando, con el pesar de Allende, el cura Miguel Hidalgo fue llamado a Querétaro.

En esa ciudad, hacían reuniones en las que se planteaba el objetivo: “liberar de los opresores a nuestra patria”. Proyectaban planes políticos y mandaban fabricar lanzas. Así pasaron los primeros meses de 1810, al mismo tiempo que mandaban gente a diversos lugares para esparcir la idea revolucionaria, lo cual, eventualmente, acabaría en el descubrimiento de la rebelión.

De esta manera, llegaron a oídos de la Audiencia gobernadora, los detalles de las juntas en Querétaro, además de los nombres de casi todos los conspiradores, quedando así completamente descubierto el levantamiento.

Entonces, el corregidor Miguel Domínguez debía cumplir su labor pública e ir en contra de los rebeldes que irónicamente, eran sus cómplices y amigos. Al informar del descubrimiento a su esposa Josefa Ortiz y conociendo su impetuoso carácter, al salir de casa, cerró la puerta llevándose consigo la llave, dejando atrapada a doña Josefa en la madrugada del 14 de septiembre.

La conspiración estaba a punto de ser frustrada, por ello, Josefa Ortiz de Domínguez, trató de dar aviso sobre lo que había pasado al general Allende. Al estar encerrada, acudió al alcalde de la cárcel, Ignacio Pérez, quién vivía en una habitación bajo la casa de la corregidora y entre ellos, tenían una seña para comunicarse en caso de ser necesario; la seña consistía en dar tres golpes al piso con el zapato.

De este modo, doña Josefa, a través de un orificio en la puerta, dio aviso al alcalde de lo acontecido, pidiéndole que fuese con toda prisa en dirección de San Miguel, para avisar a Ignacio Allende. Llegando ahí al amanecer del 15 de septiembre y encontrando a Juan Aldama, quien, sorprendido por la noticia, salió de prisa hacia Dolores, donde se encontraban Allende e Hidalgo.

Al recibir la noticia, cerca de las 2 de la madrugada del 16 de septiembre, Hidalgo, Aldama y Allende comienzan a planear el siguiente movimiento; Allende por su parte, propuso tomar las cosas con calma, planear y después actuar. Hidalgo, por el contrario, siguió su impulso y con puño en mesa, dijo lo siguiente: ¡Caballeros, somos perdidos; aquí no hay más recurso que ir a coger gachupines!

La habitación queda en silencio por un momento, hasta que Aldama contestó: señor, ¿qué va a hacer vuestra merced? Por amor de Dios, vea lo que hace.Sin prestar mucha atención, Hidalgo reitera su decisión y marchan primero, a tomar las armas, liberar a los presos, convocar gente y apresar a las autoridades locales, de este modo, con un puñado de hombres, al ver los primeros rayos del sol, llegaron al atrio de la parroquia de Dolores.

Asimismo, aprovechando las campanas que llamaban a la misa matutina, el cura Hidalgo se dirigió al contingente de gente, compuesto principalmente por campesinos, arrieros, y artesanos locales; llevando a cabo así el “grito”:

Amados compatriotas, hijos de esta América, el sonoro clarín de la libertad política ha sonado en nuestros días. Les pido que nos ayuden a continuar y conseguir la gran empresa de poner a los gachupines en su madre patria, porque ellos son los que, con su codicia, avaricia y tiranía, se oponen a vuestra felicidad temporal y espiritual.

¡Viva la religión católica! ¡Viva Fernando VII! ¡Viva la Patria y viva y reine por siempre en este continente americano nuestra sagrada patrona, la Santísima Virgen de Guadalupe! ¡Muera el mal gobierno!Esto es lo que vosotros deberéis repetir…

El discurso de Hidalgo es reconocido como una medida táctica, ya que tocó los dos puntos más influyentes para sus seguidores, primero; el rey Fernando VII era la máxima figura para los insurgentes criollos, que, en contra de la invasión francesa, buscaban establecer un gobierno autónomo pero fiel al rey de España. Y segundo, la virgen de Guadalupe, el símbolo religioso más venerado por el pueblo.

El amanecer del 16 de septiembre de 1810 dio luz a un pueblo cercano a los 600, armado con palos, piedras y espadas que se levantaban en busca de su independencia; guiados por un grupo que hizo pacto con la muerte, aceptando todas las consecuencias de su determinación.

De esta forma dio comienzo el proceso histórico conocido como guerra de independencia, la cual duraría 11 años. Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Aldama y el resto de los insurgentes que comenzaron el movimiento serían fusilados al poco tiempo, sin embargo; el fuego que ellos comenzaron no sería apagado y el movimiento continuó en las manos de figuras como Ignacio Rayón, José María Morelos, Leona Vicario, Vicente Guerrero, entre otros.

 

 

Fuentes:

González y González, Luis, Viaje por la historia de México, Ciudad de México, Editorial Clío, 2010.

Lemoine, Ernesto “Hidalgo y los inicios del movimiento insurgente” en: León-Portilla, Miguel, (Coord.) Historia de México, Tomo 10, México, Salvat editores, 1986, pp. 1609 – 1625.

Riva Palacio, Vicente, México a través de los siglos, Tomo Tercero, México, Decimocuarta edición, Editorial Cumbre, 1977, 809 pp.

 

Escrito por: Victor Aguilar

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